La Peregrina

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CAPÍTULO XVII
Gran-Corazón y su compañía llegan a los prados deleitosos.
Muerte del gigante Desesperación y demolición del castillo de la Duda.
Desaliento y su hija son libertados.

Llegó por fin el tiempo en que los peregrinos debían emprender de nuevo su marcha, y comenzaron a hacer los preparativos para la misma. Llamaron a sus amigos, toma-consejo con ellos, y también dedicaron algún tiempo encomendarse mutuamente a la protección de su Príncipe. Recibieron varios presentes de sus amigos, consistiendo todos en cosas apropiadas a  los débiles, lo mismo que a los fuertes; a las mujeres, lo propio que a hombres, proveyéndoles de lo necesario para el camino. Dispuesta ya la marcha, salieron, y después de haberlos acompañado sus amigos hasta donde les fue posible, se encomendaron de nuevo al amparo de su Rey, y se despidieron.
Los que eran de la compañía de los peregrinos iban delante, precedidos de su guía. En consideración a la debilidad de las mujeres y niños, tenían que andar lentamente conforme éstos podían soportar las fatigas de la marcha; sucedió que Próximo-á-cojear y Flaca-Mente tenían mayor número de compañeros que compadeciesen sus flaquezas.
Una vez fuera del pueblo, y despedidos sus amigos, pronto llegaron al sitio donde Fiel sufrió el martirio; allí, pues, hicieron alto, y dieron gracias a Aquel que le había prestado alientos para sobrellevar tan bien su cruz; tanto más, cuanto que hallaron que sus padecimientos, con tanto valor y resignación soportados, redundaban en beneficio de ellos mismos.
Después de esto, anduvieron un buen trecho hablando de Cristiano y Fiel, y de cómo Esperanza unió su suerte con la de Cristiana después de la muerte del primero.
De este modo avanzaron hasta llegar a la altura llamada Lucro, donde había la mina de plata que había apartado a Demas de su peregrinación, y en la que, según se cree, cayó Interés-privado, y pereció. Esto dio algo que pensar a los peregrinos; pero cuando llegaron al antiguo monumento que se hallaba al otro lado de la llanura, es decir, a la columna de sal que se elevaba a la vista de Sodoma y de su lago hediondo, se maravillaron, como antes lo había hecho Cristiano, de que personas dotadas de tanto conocimiento y agudeza de ingenio como Demas y sus compañeros, se hubiesen ofuscado lo bastante para extraviarse en tal lugar. Sin embargo, al reflexionarlo bien, consideraron que las desgracias, que han alcanzado a otras personas, no dejan honda impresión en la naturaleza humana, mayormente si lo que se mira reviste los atractivos que tanto la halagan.
Siguiendo los peregrinos su camino, vi que llegaron al río que se encuentra a este lado de la montaña de las Delicias, y en cuyas dos riberas crecen árboles frondosos, las hojas de los cuales sirven para prevenir indigestiones; donde los prados son verdes todo el año, y donde con perfecta seguridad podían echarse a descansar.
En los prados lindantes con el río había corrales y apriscos para ovejas, y una casa para la crianza de los corderos y las criaturas de las mujeres que van en peregrinación. Había también un Hombre compasivo que se encargaba de ellos, y que llevaba a los corderos en sus brazos y pastoreaba suavemente a las paridas. Cristiana aconsejó a sus cuatros nueras que confiasen al cuidado de este Hombre sus pequeñitos, para que al lado de aquellas aguas fueran albergados, socorridos y criados, y para que en el porvenir no faltase ninguno de ellos.
El Hombre compasivo, si uno se pierde, lo recoge otra vez: «Liga al perniquebrado corrobora al enfermo». Allí no les falta comida, bebida y vestidos; y están libres de las asechanzas de los ladrones y mala gente, porque su Pastor morirá antes que se pierda uno de aquellos que le están confiados. Además, están seguros de recibir buena educación y consejos, y se les enseña a andar por las veredas rectas, lo que es un favor de no escaso precio. También allí se encuentran aguas delicadas, prados deliciosos, flores hermosísimas y una gran variedad de árboles, especialmente de los que llevan fruto; fruto no como aquel de que comió Mateo, que caía del muro del huerto de Beelzebub, sino fruto que proporciona salud donde no la hay, y la fortalece y aumenta donde existe.
Las madres estaban muy contentas de encomendar sus hijitos a tal persona, y otro incentivo a ello fue el que todo había de ser a expensas del Rey; de modo que aquel era como una especie de asilo para niños y huérfanos. Luego prosiguieron los viajeros su peregrinación, y al ir al Prado de la Senda Extraviada, en el que Cristiano y Esperanza cayeron presos del gigante Desesperación y fueron encerrados en el castillo de la Duda, sentáronse los peregrinos y consultaron entre sí sobre el mejor partido que podían tomar. Algunos opinaban que antes de ir más adelante, ya que eran tan numerosos y capitaneados por un hombre como Gran-Corazón, sería mejor acometer al gigante, derribar su castillo, y si hallaban algunos peregrinos en él, ponerlos en libertad. Los pareceres eran diversos. Unos dudaban que fuese lícito poner pie en tierra no consagrada; otros decían que sí podía uno hacerlo, con tal que su propósito fuese bueno. Entonces dijo Gran Corazón:
Este último aserto no es siempre verdad; no obstante, he recibido órdenes de resistir al pecado y de pelear siempre en defensa de la fe; y en este caso, ¿con quién, decidme, he de luchar sino con el gigante Desesperación? Acometeré, por lo tanto, la empresa de quitarle la vida y de arrasar el castillo de la Duda. ¿Quién me acompañará?
-Yo iré -dijo el anciano Integridad.
Y nosotros también -añadieron los cuatros hijos de Cristiana, que eran jóvenes y robustos. A las mujeres las dejaron en el camino, y con ellas Flaca-Mente y Próximo-á-cojear con sus muletas, para protegerlas hasta su regreso; lo que podían hacer sin riesgo, porque a  pesar de la proximidad del gigante, con sólo quedarse en el camino, un niño las podía conducir.
Subieron entonces, Gran-Corazón, Integridad y los cuatros mozos al Castillo de la Duda, en busca del gigante Desesperación. Al llegar a la puerta del castillo llamaron con estrépito inusitado. El viejo gigante presentóse, seguido de cerca de su esposa Desconfianza.
-¿Quién es -preguntó --el atrevido que de este modo molesta al gigante Desesperación? -Soy yo, Gran-Corazón, -respondió el guía -conductor de peregrinos y al servicio del rey del país celestial, y te mando que dejes franca la entrada, pues vengo decidido a ir contigo y demoler tu castillo, después de haberte arrancado la vida.
El gigante Desesperación, que era muy corpulento, se sentía invencible, y confiando en su fuerza inusitada, decía: -me ha de espantar Gran-Corazón a mí, que he vencido a los mismos ángeles?- Ajustó, pues, su armadura, y salió. En la cabeza llevaba un yelmo de acero, un peto flamante protegía por delante, sus pies estaban calzados de hierro, su mano blandía un formidable garrote. Así que el gigante salió de su castillo, Gran-Corazón y sus compañeros lo cercaron, atacándole por todos lados; y cuando Desconfianza, la giganta, vino en su socorro, el anciano Integridad derribóla de un golpe. Su esposo hizo una desesperada resistencia, y aun después de derribado por sus adversarios forcejeaba con furia, y defendía su vida con un valor digno de mejor causa; pero Gran-Corazón, con el valor y fuerza que le distinguía, consiguió por fin decapitar al gigante.
Acto seguido, pusiéronse a derribar el castillo de la Duda tarea muy fácil de llevar a  cabo, una vez muerto su dueño. Este trabajo los ocupó por espacio de siete días. En los calabozos encontraron a un tal Desaliento, casi muerto de  hambre, y a su hija Mucho-Temor, a  estos dos los salvamos; pero era pasmoso ver los cadáveres que yacían aquí y por allá en el patio del castillo, y huesos humanos de que estaban atestados los calabozos.
Consumada esta hazaña por Gran Corazón y sus compañeros, tomaron bajo su protección a Desaliento con su hija Mucho-Temor, que eran personas honradas, aunque habían estado encerrados en el castillo de La Duda, como prisioneros del gigante Desesperación. Sepultaron el cuerpo del tirano debajo de un montón de piedras, y tomando su cabeza bajaron al camino para contar a los demás lo sucedido.
Grandísimo fue el contento y gozo de Flaca-Mente y Próximo-á-cojear, al reconocer la cabeza de Desesperación, Cristiana, que sabía tocar la viola, y su nuera Misericordia el laúd, viéndolos tan alegres, tocaron una melodía. A Próximo-á-cojear le entraron deseos de bailar, y tomando de la mano a Mucho-Temor, bailó con ella una danza. Verdad es que no podía bailar sin auxilio de una muleta; mas no por esto dejó de brincar como un joven: la moza también se hizo acreedora a muchos elogios por lo bien que correspondió a la música.
Por lo que respecta a Desaliento, poco caso hacía de la música; pues estaba más bien para comer que para bailar, tan grande era su desfallecimiento. Para su alivio inmediato,
Cristiana le dio un trago del licor que tenía, ínterin le preparaba algo para comer, y al poco rato el pobre se reanimó y comenzó a cobrar fuerzas.
Vi luego en mi sueño que Gran-Corazón tomó después la cabeza del gigante, y colocóla al lado del camino enfrente mismo de la columna que Cristiano había erigido para precaver a  los que viniesen más tarde contra el riesgo de entrar en su territorio. Debajo de la cabeza grabó el guía en una piedra de mármol los siguientes versos:

Ved aquí la cabeza del Gigante
Que a pobres peregrinos aterraba;
Su castillo ya queda derribado,
Y muerta su mujer Desconfianza.
Gran-Corazón, de oscuros calabozos
A Desaliento y a su hija saca.
Quien tenga dudas, que se fije en esto,
Y serán, como nubes, disipadas.
Esta cabeza libertad anuncia,
Y al verla, de placer los cojos bailan.

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"Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos." (2 Timoteo 2:1; 4:3-4)

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