La Peregrina

Porque por gracia sois salvos

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CAPÍTULO XIII
Se encuentran los peregrinos con Integridad, quien les hace agradable y provechosa compañía
Conversación sobre las dificultades y femares de Receloso, y su triunfante fin.

A poca distancia del lugar donde había ocurrido el referido combate, había una altura levantada, con el objeto que desde ella los peregrinos pudiesen disfrutar de un panorama más extenso. Desde dicha altura fue donde Cristiano vio por primera vez a su hermano Fiel.
Llegados allí nuestros viajeros, se sentaron para descansar y reparar sus fuerzas con un ligero refrigerio, reinando entre ellos mucha alegría por verse libres de tan formidable enemigo.
Mientras comían, Cristiana preguntó al guía si no había recibido daño en la refriega.
GRAN-COR - Nada, sólo unas ligeras heridas en la carne, y éstas, lejos de dañarme, sirven al presente como prueba de mi amor hacia mi Señor y a vosotros, y luego servirán, por la gracia de Dios, para aumento de mi galardón.
CRIST - ¿Pero no sentiste miedo cuando le viste salir con su garrote?
GRAN-COR - Es mi deber desconfiar de mi propia habilidad y fuerzas, a fin de que ponga mi confianza en Aquel «Que es más poderoso que todos nosotros».
CRIST - ¿Qué pensaste cuando te derribó al primer golpe?
GRAN-COR - Me acordé de que así fue tratado mi Señor mismo, y no obstante, fue Él quien al fin llevó la victoria.
MATEO - Piensen otros lo que quieran, por mi parte considero que Dios ha mostrado maravillosa bondad con nosotros sacándonos del valle y librándonos de la mano de este enemigo. Me parece que ya no debemos desconfiar más de Dios, en vista de la admirable prueba de su amor que acaba de darnos en un lugar como éste.
Después de esto marcharon adelante. Al poco trecho, debajo de un roble, dieron con un anciano peregrino, entregado a un profundo sueño. Supieron que era peregrino por sus vestidos, su bordón y su cinturón.
Despertado por el guía, el hombre alzó la vista, y preguntó azorado:
-¿Qué pasa? ¿Quiénes sois y qué hacéis aquí?
GRAN-COR - No te asustes, hombre; todos somos amigos.
Esto no obstante, el anciano se levantó y púsose sobre sí, hasta saber con más seguridad quiénes eran. Entonces, añadió Gran-Corazón: -Me llamo Gran-Corazón; soy conductor de estos peregrinos que se dirigen al país celestial.
-Os pido que dispenséis mi recelo y desconfianza-dijo el peregrino, que se llamaba Integridad; -temía que pertenecieseis a la cuadrilla que robó, hace poco tiempo, a Poca-Fe; pero ahora que os miro con más detención, veo que sois personas honradas.
GRAN-COR - ¿Y qué hubieras podido hacer para defenderte, si en efecto hubiésemos sido salteadores de caminos?
INTEG - ¿Que habría hecho? Hubiera luchado con todo mi aliento, y haciéndolo así, estoy seguro que nunca me habríais vencido. Un cristiano no puede ser vencido, a no ser que se rinda él mismo.
GRAN-COR - ¡Bravo, amigo! Has dicho la verdad; veo que eres moneda de buena ley.
INTEG - Y yo también veo que sabes lo que es la verdadera vida de peregrinación, pues todos los demás se figuran que somos los primeros en ser vencidos.
GRAN-COR - Ya que tan felizmente nos hemos encontrado, te ruego me digas tu nombre y el de tu pueblo nativo.
INTEG - Por lo que respecta a mi nombre, no puedo satisfacerte; en cuanto a mi procedencia, vengo del pueblo de Estupidez, que se halla muchas leguas más allá de la ciudad de Destrucción.
GRAN-COR - ¡Ah! ¿Conque eres tú, eh? Me parece que ya adivino tu nombre; te llamas Integridad, ¿no es verdad?
El anciano se sonrojó - Integridad en abstracto, no -dijo:-sin embargo, así me llaman, y quisiera que mi carácter correspondiese a mi nombre. Pero, ¿cómo has podido adivinar que soy tal hombre, puesto que vengo de un tal lugar?
GRAN-COR - Ya había oído hablar de ti a mi Señor, quien sabe todo cuanto pasa en la tierra; pero más de cuatro veces me ha extrañado el que me saliera alguien de tu pueblo, porque es peor aún que la misma ciudad de Destrucción.
INTEG - Sí; vivimos más apartados de las influencias directas del sol, y, por consecuencia, somos más fríos y estúpidos; pero aun cuando un hombre se encontrara en una montaña de hielo, si el Sol de Justicia resplandeciera sobre él, su helado corazón se derretiría; así pasó conmigo.
GRAN-COR - Lo creo, padre Integridad, lo creo; pues sé que es verdad.
Entonces el anciano saludó a los peregrinos con el ósculo santo de caridad, y les preguntó cómo se llamaban y lo habían pasado desde que emprendieron su viaje.
CRIST - Mi nombre, sin duda, no te será desconocido; el buen Cristiano era mi esposo, y estos cuatro muchachos son sus hijos.
¡Qué arrebato de alegría tuvo el bueno de Integridad oír esto! Dio brincos como un joven, sonrióse y los bendijo con mil deseos para su prosperidad, diciendo: -Mucho he oído hablar de tu marido, de su viaje y de las luchas que sostuvo durante su vida. Dígase para tu consuelo que su fama ha cundido por todas partes: su fe, su valor, su paciencia en los sufrimientos y su sinceridad en todo han hecho célebre su nombre. Enterado de los nombres de sus muchachos,-díjoles: -Mateo, sigue a Mateo el publicano, no ciertamente en el vicio, pero sí en la virtud. Samuel, como Samuel el profeta, hombre de fe y de oración. José, como José en casa de Potifar, sé casto y huye de la tentación. Y tú, Jaime, imita la conducta de Jacobo en esto y Jacobo el hermano del Señor. Cuando luego le hablaron de Misericordia, y de cómo se había separado de su pueblo y de sus parientes para acompañar a Cristiana y a sus hijos, -añadió: -Misericordia es tu nombre, y por la misericordia serás sostenida y conducida al través de todas las dificultades que te asalten por el camino, hasta que llegues donde podrás mirar cara a cara a Aquel que es fuente de misericordia.
Mientras caminaban juntos, el guía, que había escúchado con complacencia las palabras de su nuevo compañero de viaje, le preguntó si había conocido a un tal Receloso, que salió de la misma comarca para ir en peregrinación.
INTEG - Sí, muy bien le conocía. Era un hombre que tenía la raíz de la religión en su corazón, pero era el peregrino más molesto de cuantos he conocido.
GRAN-COR - Ya veo que le conocías, porque le has descrito perfectamente.
INTEG - ¡Conocerle! Fuimos compañeros íntimos por mucho tiempo, y estábamos juntos cuando por primera vez le asaltaron temores acerca del porvenir.
GRAN-COR - Y yo fui su guía desde la casa de mi amo hasta las puertas de la Ciudad Celestial.
INTEG - En ese caso sabrás cuan fastidioso era.
GRAN-COR - Es verdad, pero podía muy bien soportarlo todo, porque los de mi profesión tenemos muy a menudo el encargo de conducir personas de semejante índole.
INTEG - Cuéntanos algo de él; quisiéramos saber cómo se portó mientras estuvo en tu compañía.
GRAN-COR - Este sujeto siempre temía que no llegaría adonde deseaba ir. Todo cuanto oía decir, si tenía la menor apariencia de oposición, le asustaba. Dicen que cerca de un mes estuvo gimiendo y llorando a la orilla del Pantano de la Desconfianza; no se atrevía a aventurarse, por más que vio a varias personas atravesarlo, algunas de las cuales le ofrecieron la mano para ayudarle. Tampoco quería retroceder. Decía que moriría si no llegase a la Ciudad Celestial, y, sin embargo, se acordaba y abatía por cada dificultad que se presentaba, y tropezaba en cada paja que hallaba en su camino. Después de haber permanecido postrado mucho tiempo a la orilla del pantano, un día de sol se aventuró y consiguió atravesarlo sin saber cómo, y una vez que estuvo en la orilla opuesta, apenas podía creerlo. Tenía, me parece, un Pantano de Desconfianza en su mente: un pantano que llevaba consigo por todas partes: de otro modo, nunca hubiera sido lo que era. Llegó a la puerta que como sabéis, está al principio de este camino, y allí también aguardó mucho tiempo sin osar llamar. Cuando la puerta se abría se retiraba, cediendo su lugar a otros, pues decía que no era digno de entrar. Así es que, si bien llegó antes que algunos, muchos entraron primero que él. Allí se quedaba temblando y encogiéndose, daba lástima verlo; pero no quería volver atrás. Al fin cogió la aldaba y dio un par de golpecitos; franqueáronle la puerta en seguida, pero él se retiró como antes. Entonces salió el portero, y díjole: -Tú tiemblas, ¿qué quieres? -Receloso, al oír esto, cayó en tierra. El portero se maravilló al verlo tan apocado de ánimo y le alentó diciendo: -La paz sea contigo; levántate, eres bendecido. Con esto se levantó y entró temblando, y aún después de estar dentro se avergonzaba de enseñar su rostro. Pues bien; después de haber sido obsequiado allí algún tiempo de la manera que ya sabéis, le dijeron que prosiguiera su camino y se le indicó la senda que había tomar. Así anduvo hasta llegar a nuestra casa; pero así se había portado fuera de la portezuela, así lo hizo a la puerta de mi Señor el Intérprete. Se quedó fuera al frío mucho tiempo antes de que cobrase valor para llamar, quería volver, y precisamente entonces las noches eran más y más frías. Llevaba en su seno una carta urgente, dirigida a mi Señor, encareciéndole que lo recibiese y agasajase, también le proporcionase un fuerte y valiente guía, por tanto él mismo era tan medroso; y, sin embargo de todo, temía llamar a la puerta. Así, pues, estuvo el pobre vagando alrededor de la casa, hasta que se halló casi muerto de hambre.
Tan profundo era su estado de abatimiento, que no podía decidirse a llamar, aunque vio algunos que con pedir la entrada eran admitidos. Por fin, mirando yo por una ventana, y viendo á un hombre que vagaba cerca de la puerta, salí y pregúntele quién era; pero, ¡pobre hombre!, sus ojos se arrasaban en lágrimas, y por eso adiviné lo que deseaba. Entré, por lo tanto, lo manifesté en casa y fuimos a participarlo a nuestro Señor. Este me envió de nuevo a suplicarle que entrase, y bastante trabajo me costó. Al fin y al cabo, accedió a mis súplicas y entró; y dicho sea en honor de mi Señor, éste le trató con un cariño y atención maravillosos. Pocos bocados delicados había sobre la mesa sin que se depositase parte sobre su plato. Entonces presentó la carta, y mi Señor, habiéndola mirado, dijo que se atendería a sus deseos. Después de algún tiempo dé estar allí, parecía que nuestro hombre cobró más ánimo y sintióse más cómodo, pues ha de saberse que mi amo es muy tierno y compasivo, especialmente con los que son temerosos; de consiguiente, le trató del modo que mejor contribuía a infundirle confianza.
Cuando hubo visto las curiosidades de la casa y estaba para continuar su viaje, mi amo le dio, como antes a Cristiano, una botella de licor y algunas cosas apetitosas para comer.
Emprendimos la marcha, viniendo él detrás de mí; pero era hombre de pocas palabras, y tenía la costumbre de lanzar fuertes suspiros. Cuando llegamos a la horca de que estaban colgados aquellos tres pillos, dijo que temía no le alcanzase la misma suerte. En cambio, se alegró mucho al ver la cruz y el sepulcro; quiso quedarse allí un rato para contemplarlos, y por algún tiempo después pareció algo animoso. Al llegar al collado Dificultad, no vaciló en subirlo, ni mostró mucho miedo de los leones. Su inquietud no era motivada por estas cosas; lo que le infundía miedo era la duda que tenía de si sería aceptado al terminar su viaje.
Le hice entrar en el palacio Hermoso antes de lo que hubiera querido, y una vez dentro, le presenté a las doncellas de la casa; pero sentía demasiado temor para disfrutar su compañía. Su anhelo era estar solo, aunque le gustan las pías conversaciones, y a menudo se ocultaba detrás de la mampara para escucharlos. Mucho le agradaba también ver las cosas antiguas y meditar en ellas. Más tarde dijo que había hallado especial placer en estar en las otras dos casas, es decir, en la de la portezuela y la de Intérprete, pero que no se había atrevido a   preguntar nada.
Salimos del palacio Hermoso y bajamos por la cuesta al valle de Humillación; jamás he visto un hombre bajarla mejor; no le importaba cuan humilde fuese, con tal que pudiese alcanzar al fin la bienaventuranza. Me parece que había una especie de simpatía entre él y aquel valle, porque en toda su peregrinación nunca le vi más contento y feliz que allí. Se tendía en el suelo, abrazaba la tierra y aún besaba las flores que crecían en el valle. Se levantaba cada mañana al rayar el alba, y se paseaba por aquellos contornos.
Pero cuando llegamos a la entrada del valle de Sombra de Muerte, temí perderlo, no porque tuviese inclinación a retroceder; eso lo aborrecía siempre, pero estaba como para morir de miedo. «¡Oh, los fantasmas me cogerán! ¡Seré preso por los demonios!» exclamaba atemorizado; y yo no podía hacerle creer lo contrario. Allí lanzó tantos gritos, le temí que sus alaridos fuesen causa de algún ataque, pero una cosa me llamó mucho la atención, y fue que ni antes ni después he visto el valle tan tranquilo como en aquella ocasión. Supongo que los enemigos se hallaban entonces refrenados por mandato especial del Señor, quien les había prohibido hacer de las suyas hasta que Receloso hubiera atravesado.
Sería demasiado cansado contároslo todo; por eso me concretaré a un par de incidentes más. Al llegar a la Feria de Vanidad, pensaba yo que se hubiera batido con todos los feriantes. Temía que nos matasen a garrotazos, tan colérico se puso contra sus locuras. En Tierra-Encantada también se mostró muy cauteloso y vigilante. Pero cuando llegó al río donde no había puente, estuvo de nuevo sumamente abatido. «Ahora –dijo- pereceré ahogado, y nunca podré gozar de la vista de aquel rostro por el que tantas leguas he viajado.»
Allí también llamóme la atención una cosa notable: el agua del río estaba al más bajo nivel que jamás la he visto, de modo que al fin lo atravesó poco menos que en seco. Mientras subía hacia la puerta de la ciudad, comencé a despedirme de él, deseándole un feliz recibimiento.
-Sí que lo tendré, no cabe duda -exclamó; -y con esto nos separamos, y no lo volví á ver.
INTEG - Así parece que al fin salió bien.
GRAN-COR - Sí, nunca lo dudé yo; era hombre de un espíritu hermoso, sólo que siempre estaba muy abatido, y eso hacía que su vida fuese una pesada carga a él mismo y molesta a los demás. Sobre todo, tenía la conciencia muy tierna. Temía hasta tal extremo perjudicar a otros, que con frecuencia se privaba de lo que era lícito por no hacerles tropezar.
INTEG - Pero ¿cuál puede ser la razón por que un hombre tan bueno estuviera tanto en tinieblas durante toda su vida?
GRAN-COR - Una de las razones de esto es que el Dios todo sabio lo quiere así; algunos tañen y otros endechan.
El señor Receloso era uno que tocaba siempre el bajo, correspondiéndole, como a los demás de su carácter, los instrumentos de notas más lúgubres, aunque por cierto, dicen unos que el bajo es el fundamento de la música. Por mi parte, no doy un bledo por aquella profesión de piedad que empiece con la aflicción de espíritu. Las primeras notas toca el músico, cuando quiere afinar un instrumento, y las del bajo: así también Dios, cuando afina para sí el alma de una persona, toca primero esta cuerda. La imperfección de Receloso consistía en que no supo producir otros sonidos musicales hasta estar ya cerca de su fin. (Hablo en este estilo metafórico para contribuir al desarrollo del ingenio de mis jóvenes lectores, y porque en el libro del Apocalipsis se compara a los redimidos a una compañía de músicos que, acompañándose con sus trompetas y arpas, entonan sus cánticos delante del trono de Dios.
INTEG - De lo que nos has relatado se desprende que era celoso un hombre lleno de celo; no temía en lo más mino las dificultades, los leones, ni la feria de Vanidad; lo que le infundía terror era el pecado, la muerte y el infierno, porque abrigaba algunas dudas acerca del derecho que tenía al país celestial.
GRAN-COR - Tienes razón. Estas eran las cosas que le molestaban, y procedían, como bien has dicho, no de ninguna debilidad de espíritu con respecto a la parte práctica de vida de peregrinación, sino de la flaqueza de su ánimo acerca de aquéllas; pudiéndose asegurar que ningún obstáculo físico hubiera podido desviarlo de su camino; pero ninguno ha podido sacudir con facilidad los temores sentidos por Receloso.
CRIST - Este relato acerca de Receloso me ha sido de gran utilidad, pues creía que no había habido nadie tan afligido como yo; pero veo que las aflicciones sentidas por ese buen hombre tienen alguna semejanza con las mías: sólo nos diferenciamos en dos cosas: sus penas eran tan graves, que se declararon; pero las mías las guardé escondidas en el corazón. Las suyas también le gravaron, hasta el punto de impedirle llamar a las casas preparadas para nuestro hospedaje; pero las mías eran tales, que me obligaron a llamar con más fuerza.
MISER - Para descargo de mi corazón, debo manifestar que he sentido algo del mismo espíritu que animaba a Receloso; porque siempre he temido más el infierno y la pérdida de un lugar en el Paraíso, que la pérdida de otras cosas -¡Oh! –Discurría -¡qué no haría yo para alcanzar la felicidad de poseer una morada allí, aunque para lograrla tuviese que sacrificar lo que más aprecio en este mundo!
MATEO - El temor era la única cosa que me hacía creer que distaba mucho de poseer en mi interior lo que acompaña la salvación; pero si todo esto pasó a un hombre tan bueno como él, ¿por qué no esperar que al fin yo también triunfaré del todo?
JAIME - Sin temor no habrá gracia. Aunque no hay siempre gracia donde existe temor al infierno, es cierto que donde no existe el temor de Dios tampoco existe la gracia.
GRAN-COR - Bien dicho, Jaime; has dado en el blanco: «El temor de Dios es el principio de la sabiduría»; y por cierto, los que no tienen el principio carecen también del medio y del fin. ¡Ojalá que otras muchas personas se asemejasen más con respecto a esto a nuestro amigo Receloso.

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