La Peregrina

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CAPITULO XII
Los peregrinos se hallan muy apurados en el Valle de Sombra-de Muerte; pero ayudados por el Todopoderoso salen sin lesión.-
Sangrienta lucha entre Gran-Corazón y el gigante Aporreador,
que termina con la muerte de éste.

Habiendo pasado este sitio, llegaron a la entrada del ralle de Sombra-de Muerte. Este valle era más largo que el otro; en él abundaban peligros espantosos como muchos pueden testificar; pero nuestros viajeros consiguieron atravesarlo mejor que hubiera sucedido a no tener la luz del día y la presencia y apoyo de su guía.
Al internarse en el valle, les pareció oír gemidos como de hombres en las agonías de la muerte, voces lastimeras en extremo, a la par que lamentos como de personas que sufren tormentos excesivos. Estos ruidos hicieron temblar a los muchachos, y palidecer y estremecerse a las mujeres.
Animados, sin embargo, por el guía, avanzaron hasta llegar a un lugar donde sintieron que la tierra temblaba debajo de sus pies como si hubiese un hueco; oyeron también unos silbidos como de serpientes, pero nada todavía se les ofreció a la vista.
-¿Aún no hemos llegado al fin de este horrible lugar?-preguntaron los muchachos.
Pero Gran-Corazón les exhortó a que tuviesen ánimo, y que mirasen bien dónde ponían sus pies para no caer en algún lazo.
El pequeño Jaime sintióse enfermo; pero, al parecer, la causa principal de su indisposición era el miedo que tenía. Su madre le dio un trago del licor que le había proporcionado en casa de Intérprete y algo del remedio que el señor Experto había preparado, y el niño se repuso algún tanto. Así siguieron valle adentro hasta llegar a la mitad, cuando Cristiana exclamó:
-Paréceme que veo algo en el camino, delante de nosotros, una cosa fea y deforme cual nunca he visto.
Interrogada por José, no supo dar otra razón sino que se acercaba rápidamente a ellos.
-Bien -dijo Gran-Corazón; -los que sientan más miedo aproxímense a mí.
El ente infernal se acercaba, y el guía avanzaba hacia él; pero he aquí que, cuando faltaba poco para encontrarse, de repente desvanecióse el enemigo. Entonces se acordaron de lo que anteriormente se les había dicho: «Resistid al diablo, y de vosotros huirá».
Después de este suceso continuaron el camino algo más animados; pero al poco trecho, Misericordia, echando una mirada hacia atrás, parecióle ver un león que venía corriendo detrás de ella. La fiera daba rugidos aterradores, que repetía el eco por todo el valle, aterrorizando a todos menos al guía. Al ver que los alcanzaba, Gran-Corazón se colocó entre la fiera y los viajeros, disponiéndose para resistirla; pero cuando el león vio que se había determinado a oponerle denodada resistencia, se retiró y cesó de molestarlos.
Continuando su marcha, precedidos del guía, llegaron al punto donde el camino era atravesado por un foso, y antes de que pudieran tomar las medidas necesarias para esquivarlo, viéronse envueltos por la oscuridad de una densa niebla. Los peregrinos creíanse perdidos.
-¿Qué haremos lora? -exclamaron; pero el guía calmó su angustia, diciendo: -No temáis; paraos, y veréis que esta dificultad también desaparece. Detuviéronse inmóviles, y en esta situación oyeron más distintamente el ruido de sus enemigos infernales, que parecían correr de una a otra parte, y distinguieron con más claridad las llamas y humareda del Abismo.
Entonces dijo Cristiana a Misericordia: -Ahora veo porqué horrores tuvo que pasar mi marido.
Mucho he oído hablar de este lugar, pero no sabía lo que era. El pobre pasó por aquí solo y en la oscuridad de la noche, mientras estos demonios rugían alrededor de él como si quisieran despedazarle. Muchos han hablado del Valle de Sombra-de-Muerte, pero nadie puede saber lo que es hasta encontrarse en él. «El corazón conoce la amargura de su alma, extraño no se entrometerá en su alegría». Es terrible estar aquí.
GRAN-COR. Esto es como hacer negocio en las muchas rúas o bajar al profundo; es como estar en el corazón de la mar o descender a los fundamentos de las montañas: ahora nos parece que la tierra, con sus cerrojos y barras, los tiene encerrados para siempre. Pero «que los que andan en tinieblas y carecen de luz confíen en el nombre del Señor, y apóyense en su Dios». Por mi parte, como ya he dicho, muchas veces he atravesado este valle, y he encontrado mayores peligros que los actuales; sin embargo, me veis todavía con vida. No quisiera vanagloriarme, porque no soy mi propio salvador, pero confío que se nos enviará pronto socorro. Vamos, pidamos luz a Aquel que puede alumbrar nuestras tinieblas, que es poderoso para reprender, no a estos demonios solamente, sino también a todos los que se hallan en los antros del infierno.
En seguida alzaron la voz en demanda de socorro, y Dios atendió su oración enviándoles luz, por medio de la cual vieron que ya no había lodo ni obstáculo alguno. Mas no estaban por eso al fin del valle, y tuvieron que seguir en medio de hedores fétidos y asquerosos que les molestaban en alto grado - No es tan agradable estar aquí -dijo Misericordia a   Cristiana -como en la portezuela, o en casa de Intérprete, o en el palacio de que acabamos de salir.
-Pero -dijo uno de los muchachos, -en cambio, no es tan desagradable atravesar este lugar como lo sería permanecer siempre en él; y se me figura que uno de los motivos por que nuestro camino nos conduce por ahí, es para que la casa celestial que nos está preparada parezca más deleitosa por el contraste que forma con este valle.
GRAN-COR - Bien dicho, Samuel; has hablado como un hombre sesudo.
SAMUEL - Si salgo de aquí, apreciaré la luz y un buen camino más de lo que en mi vida lo he hecho.
GRAN-COR - No tardaremos mucho en salir.
JOSÉ - ¿Y todavía no se puede ver el fin de este valle?
GRAN-COR - Mirad bien dónde colocáis vuestros pies, porque ahora llegamos adonde hay lazos y redes.
Avanzaron con cuidado; pero los cepos y lazos les molestaron mucho. En esta parte del camino descubrieron en una zanja, al lado izquierdo, el cadáver de un hombre con las carnes ¡desgarradas!
-Aquel -les explicó el guía -es un tal Descuidado, que llevaba el mismo camino que nosotros, pero hace mucho tiempo que yace allí. Cuando fue cogido y perdió la vida, acompañaba a un tal Cauteloso, que escapó de las manos de sus acechadores. No podéis imaginaros cuántos se pierden por aquí, y sin embargo, los hombres son tan locos y atrevidos, que emprenden ligeramente la peregrinación, y piensan pasarse sin guía -¡Pobre Cristiano! Fue un prodigio que se librase de estos peligros; pero era muy amado de Dios, y también poseía un corazón sincero y valiente; de otro modo, nunca hubiera salido ileso.
Aproximábanse los viajeros a la salida del valle, y al lugar donde Cristiano había visto la cueva de Papa y Pagano, les salió al encuentro un gigante, llamado Aporreador, el cual solía seducir a los jóvenes peregrinos con sus sofisterías. Llamando por su nombre a Gran-Corazón, le dijo:
-¿Cuántas veces se te ha prohibido hacer esto?
GRAN-COR - ¿A qué te refieres?
APOR - ¿A qué? Ya sabes lo que quiero decir; pero pronto acabaré yo con tu tráfico.
GRAN-COR - Pero antes de batirnos, entendámonos sobre los motivos de nuestra querella.
Durante este diálogo los peregrinos temblaban, no sabiendo qué hacer. El gigante continuó:
-Robas el país, y tus robos son de los más incalificables.
GRAN-COR - Esto no es sino una acusación general; vengamos a hechos concretos.
APOR - Traficas en carne humana; recoges a mujeres y niños, los llevas a un país extranjero, con gran detrimento y quebranto del reino de mi Señor.
GRAN-COR - Soy siervo del Dios del cielo; mi ocupación, es la de persuadir a los hombres a que se arrepientan: se me ha confiado el encargo de hacer lo posible por que hombres, mujeres y niños «se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a  Dios;», y si éste es el motivo de la pendencia, trabemos la lucha cuando quieras.
El gigante avanzó entonces, armado de una gran porra, y Gran-Corazón fue a su encuentro, desenvainando en el acto su espada. Sin más palabras principió el combate, y al primer garrotazo de su contrario, Gran-Corazón cayó sobre una de sus rodillas. Al ver este contratiempo, los niños y mujeres profirieron gritos de angustia; pero el guía, recobrándose, acometió a su adversario con tantos bríos, que le hirió en un brazo. De este modo lucharon, por espacio de una hora, llegando a fatigarse hasta tal extremo, que el aliento salía de las narices del gigante como vapor de una caldera hirviente.
Diéronse tregua por un breve intervalo, y sentóse el gigante a descansar, mientras Gran-Corazón se entregó a la oración. Los peregrinos no cesaron de lanzar suspiros y llorar durante todo el tiempo que duró el combate.
Repuestas un poco sus fuerzas, volvieron los combatientes a la lucha. Gran-Corazón, de un golpe certero, hizo al gigante morder el polvo.
- Alto -exclamó éste; -déjame levantar Gran Corazón, en cumplimiento de las leyes de honor, le dejó ponerse otra vez en pie, y renovóse la furiosa lid. Con un fuerte garrotazo, Aporreador por poco rompe a Gran-Corazón el cráneo, en vista de lo cual, éste, encendido en espíritu, se abalanzó sobre su adversario, y logró darle una estocada debajo de la quinta costilla. El gigante, desfallecido, no podía empuñar su porra, y Gran Corazón, con otro golpe le cortó la cabeza.
Grande fue el regocijo de los peregrinos al ver muerto a su enemigo; y Gran Corazón, no menos contento, dio humildemente gracias a Dios por la victoria que le había proporcionado.
Cumplido este deber, levantaron entre todos una columna, sobre la que fijaron la cabeza del gigante, poniendo debajo el siguiente letrero, que los transeúntes pudieran leer claramente.

Esta fue la cabeza de un gigante.
Que a todo peregrino molestaba,
Para que no siguieran adelante,
Y todo el mal posible les causaba.
Mas yo, Gran-Corazón, siempre anhelante
De guiarlos, cual Cristo me ordenaba,
Luché con él y le dejé vencido,
Destruyendo adversario tan temido.

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"Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos." (2 Timoteo 2:1; 4:3-4)

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