La Peregrina

Porque por gracia sois salvos

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CAPÍTULO IX
Los peregrinos reciben afable trato en el palacio Hermoso -Misericordia tiene un sueño halagüeño. Los muchachos son catequizados por Prudencia.

Luego el portero, cuyo nombre era Vigilante, interrogó a Cristiana acerca de su país y de su parentela.
-Vengo de la ciudad de Destrucción -dijo ésta; -soy viuda, y mi marido fue Cristiano el peregrino.
-¿De veras? -exclamó el portero; -¿él era tu marido?
- Sí –dijo -y éstos son sus hijos; y ésta, señalando hacia Misericordia, vecina del mismo pueblo - Enseguida el portero sonó su campanilla, como en tales ocasiones solía hacer, y vino a la puerta una de las doncellas llamada Humildad. A ésta le dijo el portero: -Ve y anuncia que la viuda é hijos de Cristiano han llegado - Hízolo así, y fue grande el gozo que sintieron los de la casa al oír semejantes noticias.
Entonces vinieron apresuradamente a la portería, donde todavía estaban los viajeros, y las doncellas los convidaron afectuosamente a entrar. Cristiana y sus compañeros, siguiéndoles, fueron introducidos en una espaciosa sala é invitados a sentarse. Luego mandaron a   llamar a las principales de la casa, para ver y dar la bienvenida a los huéspedes. Entrando éstas, y habiéndoles explicado quiénes eran los peregrinos, saludaron a todos con un ósculo, diciéndoles:
-Bienvenidos seáis, vasos de la gracia de Dios; bienvenidos a nosotras vuestras amigas.
Siendo la hora bastante avanzada, y puesto que los viajeros estaban cansados del camino, y desfallecidos por el combate y la vista de los terribles leones, pidieron permiso para retirarse cuanto antes a descansar.
-Aún no -dijeron los de la familia; -primero tendréis que tomar un ligero refrigerio -
Porque les tenían aderezado un cordero con la acostumbrada salsa, por cuanto el portero había recibido aviso de su llegada, y lo había participado a los de la casa. Después de la cena unieron sus voces en oración, la que terminaron con un salmo; y luego acercándose ya la hora de descansar, las mujeres pidieron permiso para ocupar la misma habitación que había sido destinada al uso de Cristiano. Allí, pues, se acostaron, mientras descansaban de sus fatigas, Cristiana y Misericordia entablaron la conversación siguiente:
CRIST - Cuando mi marido emprendió esta carrera, estaba yo lejos de pensar que un día le seguiría.
MISER - Y que ocuparías la misma habitación y descansarías sobre la misma cama, como en la actualidad sucede.
CRIST - Ni mucho menos soñaba ver su rostro, ni adorar al Señor nuestro Rey juntamente con él, como ahora tengo la esperanza de hacerlo.
MISER - Escucha: ¿no oyes ruido?
CRIST - Sí; parece que es el sonido de instrumentos músicos que tocan, gozosos de vernos aquí.
MISER - ¡Maravilloso! Hay música en casa, música por nuestros corazones y música en el cielo por el gozo que nuestra llegada ha causado.
Después de un rato de conversación se entregaron al sueño. A la mañana siguiente, al despertarse, Cristiana dijo a su compañera:
-¿Qué era lo que te hacía reír en tu sueño esta noche? Supongo que soñabas.
MISER - Sí, es verdad; y en efecto, era sueño hermoso; pero ¿estás segura de que me reí?
CRIST - Sí, te reíste bastante fuerte: ¿quieres contarme el sueño?
MÍSER - Soñé que estaba sentada sola en un sitio apartado, lamentando la dureza de mi corazón. No hacía mucho tiempo que estaba allí, cuando mucha gente empezó a agruparse a mi alrededor para verme y escuchar lo que decía. Oyéndome quejar de lo empedernido de mi corazón, se mofaron de mí: unos me calificaban de loca, otros comenzaron a empujarme de un lado a otro. En aquel trance alcé los ojos y vi un ser resplandeciente que volaba hacia mí.
Llegando hasta donde yo me hallaba, preguntóme: -Misericordia, ¿qué tienes? oída mi lamentación, me dijo: -La paz sea contigo. Me enjugó las lágrimas, vistióme de vestidos brocados de oro y plata, me adornó de alhajas costosas, y rodeó mis sienes de una soberbia corona. Luego, cogiéndome de la mano, dijo: -Sígueme -Subimos juntos hasta que llegamos a una puerta de oro. Llamó, y cuando abrieron entramos: le seguí hasta un trono en el que había uno que me dio la bienvenida. El lugar era resplandeciente y brillaba como las estrellas o, mejor dicho, como el sol, y allí creí ver a tu marido. Entonces me desperté. ¿Conque me reí?
CRIST - Ya lo creo, y tenías razón al verte tan favorablemente acogida. Creo que puedes considerar el sueño como buen augurio, y que así como la primera parte ha empezado a verificarse, así también recibirás el cumplimiento de lo demás. «De una o de dos maneras habla Dios, mas el hombre no entiende. Por sueño de visión nocturna, cuando el sueño cae sobre los hombres, cuando se adormecen sobre el lecho». No es necesario que siempre estemos despiertos, para poder hablar con Dios. Nos puede visitar aun cuando estemos entregados al sueño. Muchas veces sucede que el corazón vela mientras dormimos, y entonces Dios puede hablarnos por medio de palabras, de proverbios, de señales o símiles, lo mismo que si estuviéramos despiertos.
MISER - En todo caso me alegro de haber tenido este sueño, y espero en breve verlo cumplido, y entonces me reiré de nuevo.
CRIST - Me parece que ya es hora de levantarnos, para enterarnos de lo que conviene hacer.
MISER - Por poco que nos insten para permanecer más tiempo aquí, aceptemos su invitación. Estoy tanto más dispuesta a quedarme, cuanto que quisiera conocer más de cerca de estas doncellas. En mi concepto, Prudencia, Piedad y Caridad son de muy lindo y simpático aspecto.
Cuando poco después bajaron y se hallaron reunidos, preguntóse a las mujeres cómo habían dormido.
-Perfectamente bien -dijo Misericordia - En mi vida he pasado mejor noche.
-Si queréis quedaros algún tiempo, cuanto hay en casa está a vuestra disposición.
Tan cordial fue la invitación, que nuestros peregrinos no vacilaron en aceptarla, y allí permanecieron más de un mes, con gran provecho de todos.
Un día, Prudencia, queriendo saber de qué manera Cristiana había criado a sus hijos, le pidió permiso para catequizarlos. De buena voluntad consintió la madre en ello, y empezando por el de menos edad, principió así Prudencia:
-¿Sabes decirme Jaime, quién te hizo?
JAIME - Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo.
PRUD - Bien dicho: y ¿quién te salva?
JAIME - Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo.
PRUD - ¿Cómo te salva Dios el Padre?
JAIME - Por su gracia.
PRUD - ¿Cómo te salva Dios el Hijo?
JAIME - Por su justicia, muerte, sangre y vida.
PRUD - Y Dios el Espíritu Santo, ¿cómo te salva?
JAIME - Iluminándome, renovando mi corazón y preservándome con su gracia.
PRUD. (Dirigiéndose a Cristiana.). Es digna de encomio la manera como educas a tus hijos. No necesito hacer a los otros las mismas preguntas, puesto que el menor sabe contestarlas tan acertadamente. Dírigiréme ahora a José. -¿Quieres decirme, José, lo que es el hombre?
JOSÉ - Un ser racional hecho por Dios, como ha dicho mi hermano.
PRUD - ¿Qué se supone al decir que uno es «salvo?»
JOSÉ - Que el hombre por su pecado se ha dejado esclavizar, y ha traído sobre sí mucha miseria.
PRUD - ¿Qué se supone en el hecho de que uno es salvado por la Trinidad?
JOSÉ - Que el pecado es un tirano tan grande y poderoso, que ninguno, sino Dios, es capaz de sacarnos de sus garras; y que Dios es tan bueno y compasivo, que se digna rescatar al hombre de tan miserable estado.
PRUD - ¿Qué objeto tiene Dios en salvar a los hombres?
JOSÉ - El de glorificar su nombre, ensalzar su gracia justicia, y proporcionar felicidad eterna a sus criaturas.
PRUD - ¿Quiénes serán salvos?
JOSÉ - Cuantos aceptaren la salvación.
PRUD - Tu madre te ha enseñado bien, y has prestado atención a sus enseñanzas.
Ahora, si Samuel no tiene inconveniente, le haré unas cuantas preguntas -¿Qué es cielo?
SAM - Un lugar y estado benditísimo, porque allí mora Dios.
PRUD -¿Y el infierno?
SAM - Un lugar y estado muy funesto, por cuanto es morada del pecado, de Satanás y de la muerte.
PRUD - ¿Por qué quisieras ir al cielo?
SAM - A fin de poder ver a Dios y servirle sin cansancio; para que vea a Cristo y le ame eternamente, y también para que pueda morar en mí aquella plenitud del Espíritu Santo que no puedo en igual grado disfrutar aquí.
Después de encomiar la aplicación de Samuel, ocupó; Prudencia en el examen de Mateo, el mayor.
-¿Hay algo –preguntó -o ha habido algo que existiera antes de Dios?
MATEO - No, señora, porque Dios es eterno, y fuera de Él no hay nada que tuviera ser antes del comienzo del primer día; «porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra, el mar, y todo lo que en ellos hay».
PRUD - ¿Qué opinas de la Biblia?
MATEO - Que es la santa palabra de Dios.
PRUD - ¿No se encuentra en ella nada sino lo que puedas comprender?
MATEO - Sí, muchísimo.
PRUD - Cuando tropiezas con pasajes que no comprendes, ¿qué haces?
MATEO - Pienso entonces que Dios es más sabio que yo; al propio tiempo le pido que se digne hacerme saber todo cuanto sea para mi bien.
PRUD - ¿Qué crees tocante a la resurrección de los muertos?
MATEO - Creo que se levantarán los mismos que fueron sepultados, aunque incorruptibles; y esto lo creo por dos razones: 1a, porque Dios lo ha dicho; y 2a, porque Dios es poderoso para hacerlo.
A este punto Prudencia dio fin al examen de los muchachos, y díjoles: -Debéis atender siempre a lo que vuestra madre os enseñare, porque podréis aprender de ella más todavía.
Prestad atención también a la buena conversación de otras personas, la que muchas veces está destinada en provecho vuestro; recoged cuidadosamente las enseñanzas que os dan los cielos y la tierra, y sobre todo meditad mucho en aquel libro que indujo a vuestro padre a hacerse peregrino. Por mi parte, mientras estéis aquí os enseñaré lo que pueda, y tendré especial placer en que me hagáis preguntas, siempre que sean sobre cosas útiles y provechosas.

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"Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos." (2 Timoteo 2:1; 4:3-4)

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