La Peregrina

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CAPITULO VIII
Los peregrinos suben por el collado Dificultad. Descansan en el cenador. Se encuentran con el gigante Grima, el cual es muerto por Gran-Corazón. Llegan al palacio llamado Hermoso, donde el guía los deja.

Después de estas observaciones, pusiéronse todos de nuevo en marcha, acometiendo la subida de la cuesta. Al poco trecho, Cristiana comenzó a fatigarse, y exclamó.
-¡Qué penosa es esta colina! No es extraño que los que aman más la comodidad que el bien de su alma, escojan con preferencia un camino menos áspero.
-Tendré que ¡sentarme un rato -dijo Misericordia. Al paso que el menor de los muchachos echó a llorar.
-¡Vamos, ánimo! -exclamó Gran-Corazón; -no os sentéis aquí, que un poco más arriba está el cenador del Rey.
Diciendo esto, tomó de la mano al niño y lo condujo allá.
Al alcanzar el cenador, de muy buena gana se sentaron, pues todos estaban muy acalorados y sudorosos.
-¡Cuan agradable es el descanso a los que trabajan! -dijo Misericordia -¡y cuan bueno es el Rey de los peregrinos por haberles provisto de estos lugares de descanso! Mucho me habían hablado de esta glorieta, pero esta es la primera vez que la veo. Cuidado no nos durmamos aquí, pues, según me han dicho, el sueño costó muy caro al pobre Cristiano.
-Vamos, hijos -dijo Gran-Corazón, dirigiéndose a los muchachos: -¿cómo os encontráis? ¿Qué opináis ahora de ir en peregrinación?
-Señor -dijo el menor, -poco faltó para que me desanimara por completo; pero doy a   usted las gracias por haberme ayudado é infundido el valor necesario. Ahora recuerdo lo que mi madre decía: que el ir al cielo es lo mismo que subir una escala, mientras que el camino del infierno va cuesta abajo. Pero más prefiero subir la escala hacia la vida, que bajar la pendiente hacia la muerte.
MISER - Pero dice el refrán que se va más ligero cuesta abajo.
Respondióle Jaime (que así se llamaba): -Día vendrá, en mi concepto, que el caminar cuesta abajo será lo más penoso.
-¡Bravo! -dijo el guía; -muy bien has contestado.
Misericordia se sonrió, mientas que al niño se le subieron los colores al rostro.
-Vamos -dijo Cristiana; -podréis comer un bocado sabroso mientras estáis descansando. Tengo aquí un cacho de granada que me dio el señor Intérprete al salir, junto con un panal de miel y una botella de vino: y como dije cuando emprendimos el viaje, tú, Misericordia, has de participar de todo cuanto tenga, porque de tan buena voluntad uniste tu suerte con la mía. Y usted (dirigiéndose al conductor) ¿quiere acompañarnos en el refresco?
-Gracias -respondió éste; -vosotros estáis de viaje, y yo pronto volveré a casa, donde cómo de los mismos manjares todos los días. Buen provecho.
Cuando hubieron comido y bebido, y pasado un rato en agradable conversación, Gran-Corazón les dijo que sería prudente ponerse en camino, dada la hora avanzada del día. Al punto se levantaron para partir, marchando delante los muchachos. A los pocos pasos, Cristiana echó de menos la botella del vino, y envió al niño menor en busca de ella.
-Me parece -dijo Misericordia -que este cenador hace a uno olvidadizo; aquí Cristiano perdió su diploma, y aquí también Cristiana se ha olvidado de su botella. ¿De dónde proviene esto?
-Esto -dijo el guía -debe atribuirse al sueño o al descuido. Algunos duermen cuando deberían estar despiertos; otros se entregan al descuido cuando deberían aguzar la memoria, y esto es el por qué a menudo sucede que en los lugares destinados al descanso, los peregrinos sufren pérdidas. En la hora de su mayor gozo es de todo punto necesario que vigilen sobre sí mismos y se acuerden de lo que han recibido; pero por falta de esto repetidas veces acontece que su gozo acaba en lágrimas, y el resplandor del día se pierde detrás de las espesas nubes.
En fe de lo cual teléis lo que pasó a Cristiano en este paraje.
Al llegar al sitio donde Desconfianza y Temeroso harían salido al encuentro de Cristiano para persuadirle a retroceder, por temor de los leones, percibieron frente al camino una especie de andamio con un letrero delante, en el que se explicaba el motivo de la construcción de semejante tablado, con los siguientes versos:
Cuide, quien esto leyere, De su corazón y lengua; Si no, sufrirá, cual otros, De su pecado la pena.
Debajo se leía la siguiente inscripción: «Este andamio fue levantado para castigo de los que, por temor a Desconfianza, no se atrevan a proseguir su camino. Sobre este entarimado a Desconfianza y Temeroso se les agujereó la lengua con un hierro candente, por haber tratado de impedir a Cristiano seguir su viaje.»
-Esto -observó Misericordia -se parece mucho al dicho del Amado: -« ¿Qué te dará o qué te aprovechará la lengua engañosa? Es como saetas de valiente, agudas con brasas de enebro».
No tardaron mucho en llegar a la vista de los leones. Gran-Corazón era un hombre fuerte, y, por consiguiente, no tenía miedo de un león; pero cuando hubieron llegado a las fieras, los niños, que iban delante, de buen grado se refugiaron detrás de los demás. El guía, al ver esta retirada, no pudo reprimir una sonrisa.
-¿Cómo es esto, hijos míos? -exclamó - ¿Os gusta ir delante mientras no se aviste el peligro, y poneros detrás tan pronto como aparecen los leones?
Avanzaron todos, y Gran-Corazón desenvainó su espada con intento de abrir paso para sus patrocinados, a despecho de los leones. En aquel momento apareció uno que, por lo visto, había tomado sobre sí el cargo de apoyar a los leones.
-¿Con qué motivo venís por ahí? -gruñó éste, que era de la raza de los gigantes, y se llamaba Grima o Sanguinario, por cuanto acostumbraba matar a los peregrinos.
GRAN-COR - Estas mujeres y niños van en peregrinación, y este es el camino por donde deben pasar, y pasarán a pesar de ti y de los leones.
GRIMA - Mientes; ni es este su camino, ni pasarán. Salgo con el objeto de oponerme a ello, y a ese intento apoyaré a los leones.
Verdad era que, a causa de la feroz actitud de los leones y del aspecto torvo del que los patrocinaba, el camino había quedado hacía algún tiempo casi abandonado, y la hierba lo cubría en gran parte.
Viendo esto Cristiana, alzó la voz diciendo:
-Aunque los caminos han quedado desiertos, y se ha obligado a los viajeros a andar por atajos y sendas extraviadas, no más será así, pues «yo me he levantado como madre en Israel».
Entonces juró Grima por los leones, que sería así como él había dicho, y les mandó que se apartasen del camino, pues por allí no pasarían. Pero el guía atacóle con tan fuerte empuje con su espada, que le obligó a retroceder.
GRIMA - ¿Me matarás en mi propio territorio?
GRAN COR - Estamos en el camino del Rey, y en él has colocado tus leones; pero estas mujeres y niños, aunque débiles, seguirán por él a despecho de todo.
Diciendo esto, le dio al gigante un golpe terrible que le hizo bambolear y caer de rodillas. Con el mismo tajo le había roto también el yelmo, y con el siguiente le cortó un brazo.
Esto hizo al gigante lanzar tan espantosos rugidos, que su voz atemorizó a las mujeres; sin embargo, no dejaron de alegrarse al verle revolcándose en el suelo. Entretanto, los leones, estando encadenados, no podían por sí mismos hacer nada. Una vez muerto el viejo Grima,
Gran-Corazón dijo a los peregrinos:
-Venid, seguidme, y ningún daño recibiréis de parte de los leones.
Le siguieron, pues, y pasaron sin daño, si bien, al encontrarse frente a ellos, las mujeres temblaban y los niños tenían cara de muertos.
Los caminantes podían ya divisar la casita del portero. En vista de lo peligroso de aquel camino después de anochecer, estaban deseosos de llegar, y apretando el paso, no tardaron en hallarse delante de la puerta. En contestación al llamamiento del guía, el portero preguntó:
-¿Quién va?
Tan pronto como aquél hubo dicho: -Soy yo -bajó a abrir, pues Gran-Corazón había pasado muchas veces por allí conduciendo peregrinos. Al abrir la puerta, no viendo de pronto sino al guía, por estar los otros detrás, le dijo:
-¿Cómo es esto, señor Gran-Corazón? ¿Qué le trae aquí esta noche a tales horas?
-He acompañado –dijo -a algunos peregrinos a esta casa, donde por orden de mi Señor deben alojarse. Hubiéramos llegado mucho más temprano, si no fuera porque el gigante que solía apoyar a los leones se nos opuso; pero después de un combate largo y reñido lo he dejado muerto, y he traído acá a los peregrinos en seguridad.
PORTERO - ¿Quieres entrar y quedarte hasta la mañana?
GRAN-COR - Gracias, no, que volveré en seguida a mi Señor.
CRIST - ¡Oh, señor! No sé cómo consentir en que usted nos abandone. ¡Nos ha sido usted tan fiel y cariñoso! Con tanta valentía ha luchado en nuestro favor, con tan buena voluntad nos ha aconsejado, que nunca me olvidaré de sus favores.
MISER -¡Ojalá que pudiéramos tener su compañía hasta el fin de nuestro viaje! ¿Cómo podemos nosotras, débiles mujeres, perseverar en un camino tan lleno de peligros como éste, sin un amigo y defensor?
Jaime también, el menor de los muchachos, añadió su súplica a la de los demás:
-¡Señor –dijo- le ruego que se deje persuadir, y nos acompañe y ayude, porque somos tan débiles, y el camino es tan peligroso!
GRAN-COR - Estoy a las órdenes de mí Señor. Si dispone que sea vuestro guía hasta el término del viaje, de buen grado os serviré. Pero he aquí la falta que cometisteis en un principio, porque cuando me dijo que os acompañara hasta aquí, debierais haberle rogado me permitiese acompañaros hasta el fin, y de seguro que habría accedido a vuestra petición. Por ahora, pues, debo retirarme; con que, buena Cristiana, Misericordia y mis queridos hijos, adiós.

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"Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos." (2 Timoteo 2:1; 4:3-4)

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