La Peregrina

Porque por gracia sois salvos

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CAPÍTULO IV
Los peregrinos son agasajados por el Portero. Prosiguiendo su camino, las mujeres son molestadas por dos villanos y oportunamente socorridas por Auxiliador.

Después de esto vi que su Señor les dirigía muchas palabras consoladoras, las cuales colmábanles de alegría, también los condujo a una azotea que había sobre la puerta, desde la cual podían distinguir a lo lejos por qué hecho se habían salvado.
-La misma vista –añadió- se os ofrecerá de nuevo durante el camino para vuestro consuelo.
Luego los dejó abajo solos por un rato en una sala de verano, donde trabaron entre sí la siguiente conversación:
CRIST - ¡Gracias al Señor! ¡Cuánto me alegro de haber entrado aquí!
MISER - Bien puedes congratularte; pero yo, sobre todo, tengo motivos fundados para saltar de alegría.
CRIST - Hubo un momento, mientras estábamos a la puerta, a la que había llamado y nadie contestaba, en que temí que toda nuestra molestia y nuestros trabajos habían ido inútiles, especialmente cuando aquel ruin perro lanzaba tantos alaridos.
MISER - El temor asaltó mi corazón, sobre todo cuando vi que te habían recibido, mientras que yo quedaba fuera. Ahora, dije para mí, se ha cumplido lo que está escrito: «Estarán dos mujeres moliendo en un molinillo, la una será tomada y la otra será dejada». Tuve que esforzarme por no gritar: -¡Ay de mí, que soy muerta! Por el momento no me atreví a llamar más; pero, alzando los ojos, me fijé en lo que está escrito sobre la puerta, y cobré ánimo. Entonces parecióme que si no llamaba otra vez me moriría, y así llamé, pero no puedo decirte cómo, porque mi espíritu luchaba entre la vida y la muerte.
CRIST - ¿No sabes cómo llamaste? Pues los golpes eran tan fuertes que me hicieron estremecer; nunca en mi vida había oído semejantes aldabazos; creía que tenías la intención de entrar por fuerza o que ibas a «arrebatar el reino».
MISER - ¡Ay! ¿Quién en semejante situación habría obrado de otra manera? Ya viste que se me había cerrado la puerta, y que por allí había un perro rabioso - ¿Quién -dijo, -siendo tan tímida como yo, no hubiera llamado con toda su fuerza? Pero, ¿qué dijo el Señor con respecto a mi osadía? ¿No se enfadó contra mí?
CRIST - Cuando oyó el ruido que hacías, sonrió suave y cariñosamente. Creo que tu importunidad le agradó bastante, pues no manifestó ningún desagrado. Pero me extraña mucho que tenga un perro tan feroz; a saberlo de antemano, temo que no habría tenido valor para aventurarme como lo hice. Pero ya estamos dentro, y me alegro de todo corazón.
MISER - Si quieres le preguntaré, cuando baje, por qué tiene tan feroz perro en su corral: espero que no lo tomará a mal.
-¡Ah! Sí -dijeron los niños, -y persuádele a que lo mate, porque tememos nos muerda cuando salgamos de aquí.
Efectivamente, al bajar de nuevo el Señor, Misericordia se postró delante de él, diciendo:
-Que mi Señor se digne aceptar el sacrificio de alabanzas que ahora le ofrezco.
-Paz a ti; levántate -respondióle.
Pero ella continuó postrada, añadiendo:
-Justo eres tú, oh Señor, aunque yo me atreva a discutir tus juicios. ¿Por qué guarda mi Señor en su corral un perro tan feroz, a la vista del cual, mujeres y niños como nosotros huyen atemorizados de la puerta?
-El perro –dijo -no es mío, y está encerrado en otra propiedad; mis peregrinos sólo oyen sus ladridos. Pertenece al Castillo que se ve allá un poco lejos de aquí, pero pude acercarse a estos muros. Su gritería ha espantado para bien a muchos peregrinos sinceros.
Por cierto que su dueño no lo tiene por buena voluntad hacia mí, sino, al contrario, con el objeto de impedir a los peregrinos venir a mí, é infundirles temor para que no llamen a esta puerta.
Alguna que otra vez se ha escapado, y ha acosado y maltratado a mis amados; por ahora lo sufro todo con paciencia; mas yo dispenso a los míos ayuda oportuna, para que no sean entregados a él y haga de ellos lo que quiera, según lo malévolo de su naturaleza. Pero aun sabiéndolo de antemano, no hubieras tenido miedo de un perro, ¿no es verdad?
Los que van mendigando de puerta en puerta, antes que pedir una limosna, corren el riesgo de los ladridos y aun a las mordeduras de un perro. ¿Por qué, pues, habéis de tener miedo de un perro que está en corral ajeno, y cuyos ladridos vuelvo en provecho de los peregrinos? Libró su túnica de los leones y del poder del perro.
MISER - Confieso mi ignorancia; he hablado de lo que no comprendía; reconozco que todo lo hacéis bien.
Cristiana entonces principió a hablar de su viaje, y a pedir informes sobre el camino. El Señor, después de darles de comer, lavóles los pies, y luego les enseñó el camino, así como antes lo había hecho con Cristiano. Al ponerse en marcha, el tiempo les favorecía, y Cristiana gozosa cantaba:

Bendito por siempre el día
En que mi marcha empezó;
Y bendito sea el hombre
Que a empezarla me movió.
Largos años transcurrieron
Sin tener vida ni paz;
Ahora corro cuanto puedo;
Tarde es mejor que jamás.
Llanto en gozo, miedo en calma,
Se cambian al empezar;
Si el principio es tan hermoso,
Más hermoso el fin será.

Al otro lado del vallado que resguardaba la senda, habla un huerto que pertenecía al amo de aquel furibundo perro antes mencionado. Algunos de los árboles frutales extendían sus ramas sobre el muro, y siendo la fruta de hermoso aspecto, sucedía a veces que los viajeros la cogían, con gran perjuicio para su salud. Los niños, pues, con el instinto propio de la juventud, prendados de la fruta, la comieron y empezaron a comer, a pesar de las reprensiones de su madre.
-Hijos míos -dijo ésta, -hacéis mal, porque aquel fruto no es nuestro.
Ignoraba, sin embargo, que perteneciese al enemigo; de otra suerte, hubiera muerto de miedo. Por de pronto, no hubo resultado alguno desagradable, y nuestros peregrinos prosiguieron su camino. Habíanse alejado ya muy poco de la puerta por la que entraron, cuando divisaron dos sujetos muy mal encarados, que venían de prisa a su encuentro. Viendo esto las dos mujeres, cubriérose con sus velos y siguieron andando, con los niños delante. Al encontrarse con ellas, los hombres hicieron ademán de abrazarlas.
-¡Atrás!. -exclamó Cristiana -Seguid por vuestro camino como personas honradas.
Pero estos dos, haciéndose los sordos, desdeñaron las protestas de las mujeres, y comenzaron a ponerles la mano encima. Con esto Cristiana, encendida en ira, les dio de puntapiés, mientras que Misericordia hacía lo que podía por rechazarlos.
-Dejadnos pasar -gritó de nuevo Cristiana - No tenemos dinero, siendo peregrinas como veis, y para vivir dependemos de la caridad de nuestros amigos.
-No buscamos dinero -dijo uno de ellos; -pero sí venimos a deciros que si queréis concedernos lo poco que pedimos, os haremos mujeres de fortuna.
Cristiana, que adivinó sus intenciones, contestó:
-No os escucharemos, ni atenderemos a vuestras razones, ni accederemos a vuestros ruegos. Tenemos mucha prisa y no podemos detenernos; del éxito de nuestro viaje depende la vida o la muerte.
Dicho esto, las mujeres hicieron otro esfuerzo por pasar adelante, pero los villanos se lo impidieron.
-No atentamos a vuestras vidas -dijeron: -otra cosa es lo que queríamos.
CRIST - Sí, queríais tenernos en cuerpo y en alma, pues ya sé a qué intento venís: pero antes moriremos aquí mismo que dejarnos caer en redes que pondrían en peligro nuestro bienestar eterno.
En seguida clamaron ambas mujeres a voz en grito: -¡Asesinos! ¡Á ellos! -Para ponerse bajo el amparo de las leyes que se han establecido para la protección de la mujer.
Viendo que los malvados no desistían del intento, alzaron otra vez la voz. No estando todavía muy lejos de la puerta, se oyeron los gritos en este último lugar. Reconocida la voz de Cristiana, acudieron a todo andar en su socorro. Al llegar el Auxiliador cerca de los peregrinos, encontraron a las mujeres muy apuradas, mientras que los niños lloraban a su lado. -¿Qué villanía es esta que cometéis? -dijo dirigiéndose a los rufianes - ¿Queréis obligar a las siervas del Señor a pecar? -Intentó también aprisionarlos, pero ellos se escaparon, escalando el vallado y refugiándose en el huerto del propietario del perro, de modo que el mastín llegó a ser su protector.
Preguntadas las mujeres cómo estaban - Bien, gracias a tu Señor -fue la contestación; -pero hemos tenido un gran susto. Mucho te agradecemos el haber venido en nuestro auxilio; de otro modo hubiéramos sido vencidas.
Después de breves palabras, Auxiliador dijo:-Mucho me maravillé, cuando os hospedaron a la puerta, de que, siendo débiles mujeres, no pidieseis al Señor los servicios de un guía. De seguro hubiera accedido a vuestros ruegos, y habríais evitado estos contratiempos y peligros.
CRIST - ¡Ay! Estábamos tan prendadas de las bendiciones que acabábamos de recibir, que los peligros que podían ofrecerse quedaron en olvido. Además, ¿quién hubiera creído que tan cerca del palacio del Rey se escondieran semejantes bribones? En efecto, hemos hecho mal en no pedir un guía; pero sabiendo el Señor que nos sería ventajoso, es extraño que no nos lo brindara.
Aux - No es siempre conveniente otorgar las cosas que no se piden, para que no se tengan en poco; pero cuando siente uno la necesidad de una cosa, aprende a apreciarla debidamente y a valerse de ella. Dado el caso de que mi Señor os hubiera concedido un conductor, no hubierais lamentado vuestro descuido en pedírselo, como ahora tenéis ocasión de hacerlo. Así veis que todas las cosas contribuyen a vuestro bien, y tienden a haceros cautelosas.
CRIST - ¿Volveremos a nuestro Señor para confesarle nuestra indiscreción y pedirle un guía?
Aux - Yo le ofreceré vuestra confesión. No tenéis necesidad de volver atrás, porque no os faltarán recursos en los lugares donde llegareis. En cada una de las hospederías que mi Señor ha preparado para el alojamiento de sus peregrinos, se encuentra lo necesario para escudarlos contra cualquier atentado. Pero, como dije, quiere ser solicitado para hacerles esto.
Debe ser de escaso valor aquello que no vale la pena de ser pedido. Dicho esto, los dejó continuar solos su viaje.
MISER - Esto ha sido un desengaño muy rudo. Me figuraba que ya estábamos fuera de todo peligro, y que la tristeza no nos alcanzaría más.
CRIST - Tu inocencia, hermana, puede disculparte mucho; pero, por lo que a mí toca, mi culpa es tanto mayor, cuanto que preví este peligro antes de salir de casa, y, sin embargo, no me precaví al hallarme donde podía disponer de los medios necesarios. Por eso me he hecho acreedora a severas reprensiones.
MISER - ¿Cómo podías saber esto antes de marcharte? Descúbreme este enigma.
CRIST - Yo te lo diré. La noche antes de partir, habiéndome acostado, tuve un sueño.
Me parecía ver a dos hombres semejantes en todo y por todo a estos dos pillos, que estaban al pie de mi cama conspirando para arruinarme é impedir mi salvación. Era cuando me hallaba tan agobiada de dolor. ¿Qué haremos de esta mujer? -decían, -pues dormida lo mismo que despierta pide perdón. Si se la deja seguir de éste, se nos escapará como lo hizo su marido.
Esto debiera haberme hecho cautelosa, é inducido a precaverme, cuando tenía a la mano lo necesario para conjurar el peligro.

MISER - Buena ocasión se nos ha proporcionado por medio de este descuido, para enterarnos de nuestras imperfecciones. Nuestro Señor ha aprovechado también esta circunstancia para manifestarnos las riquezas de su gracia, deparándonos favores no solicitados y librándonos bondadoso de manos de personas más poderosas que nosotras.

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"Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos." (2 Timoteo 2:1; 4:3-4)

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