La Peregrina

Porque por gracia sois salvos

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CAPÍTULO III
Cristiana y Misericordia se dirigen a la puerta angosta, donde son recibidas.
Entretanto, Cristiana, acompañada de sus hijos y Misericordia, proseguía su camino. Mientras caminaban, entablaron la siguiente conversación.

CRIST - Amiga Misericordia, considero como un favor inesperado el que hayas venido a hacerme compañía por un rato.
La joven, que todavía era de muy tierna edad, respondió: -Si creyera que fuese ventajoso ir contigo, no volvería jamás al pueblo de que hemos salido.
CRIST - No temas, y une tu suerte a la nuestra; bien sé yo cuál será el fin de nuestra peregrinación. Mi marido no trocaría su suerte por todo el oro del mundo. No creo que seas rechazada, por más que vayas a invitación mía. El Rey, que nos ha enviado a buscar, es todo misericordia. Además, si tienes algún reparo, me ajustaré contigo, y me acompañarás en carácter de sirvienta; a todo me avengo y todo lo compartiremos, con tal de que me acompañes.
MISER - Pero, ¿quién puede asegurarme que seré recibida? Si se me ofreciese esta esperanza, por molesto que fuese el camino, iría sin escrúpulo, confiando en la ayuda del Todopoderoso.
CRIST - Pues escucha, querida Misericordia, y haz lo que te digo: ven conmigo a la portezuela, y allí preguntaremos más definitivamente acerca de ti. Si no te reciben, consentiré en que vuelvas a tu pueblo. Además te recompensaré la bondad que a mí y a mis hijos nos manifiestas acompañándonos de este modo.
MISER - En ese caso iré, y me conformaré con lo que resultare. ¡Ojalá que el Señor del Reino sea benévolo conmigo!
Mucho se alegró Cristiana al oír esto, no sólo por cuanto tenía ya compañera, sino también porque había persuadido a esta doncella a interesarse por su propia salvación.
Caminando juntas, Misericordia echó a llorar.
-¿Por qué lloras tanto?-Preguntó su compañera.
MISER - ¡Ay! ¿Quién puede no afligirse al considerar el estado lastimoso en que se hallan mis pobres parientes, que aún permanecen en nuestra ciudad pecaminosa? Y lo que agrava mi dolor es el saber que no tiene quien los instruya y les advierta lo que ha de suceder.
CRIST - Conviene a los peregrinos compadecerse de los demás. Ahora haces por los tuyos lo que hacía mi buen Cristiano conmigo; se afligía y lamentaba porque no hacía caso de él; pero su Señor y el nuestro recogió sus lágrimas y las puso en su redoma, y ahora tú y yo, lo mismo que estos queridos niños, sacamos el fruto y provecho de ellas. Espero que tus lágrimas tampoco se perderán, pues la Palabra nos dice: «Los que siembran con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa simiente; mas volverá a venir con regocijo trayendo sus gavillas».
Entonces cantó Misericordia:

Sea el Bendito mi guía,
Si es su santa voluntad,
Hacia la puerta del cielo,
Monte de su Santidad.
Y no me permita nunca
De sus caminos salir,
Ni vagar extraviada,
Aunque tenga que sufrir.
Recoja a todos los míos
Que detrás de mí dejé;
Haz, Señor, que tuyos sean,
Llenos de amor y de fe.

Cuando Cristiana llegó al Pantano del Desaliento, y recordó el peligro en que estuvo su esposo de perecer ahogado en el fango, sintió por un instante vacilar sus fuerzas. El camino presentábase erizado de dificultades y peligros, y a pesar de las órdenes del Rey para que lo hiciesen transitable, estaba peor que antes.
Interrumpí entonces el relato de mi anciano amigo para preguntarle si era verdad lo del Pantano - Sí -respondió, -demasiada verdad. Hay muchos que, fingiéndose obreros del Rey, dicen que están encargados de la reparación del camino, y, sin embargo, en vez de piedras echan barro y estiércol, haciéndolo peor en vez de mejorarlo.
Ante los obstáculos que se presentaban, detuviéronse, vacilando Cristiana y sus hijos; pero entonces Misericordia, demostrando más valor, díjoles: -No desconfiemos y sigamos adelantando con precaución; y animados con estas palabras, internáronse en el Pantano, haciendo grandes esfuerzos para atravesar el lodazal.
Cristiana varias veces estuvo en inminente peligro de caer en el cieno, pero al fin consiguieron ganar la orilla opuesta; y una vez en salvo, creyeron oír una voz que les decía: -«Bienaventurada la que creyó, porque se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte del Señor».
Echando de nuevo a andar, Misericordia hizo la observación siguiente: -Si como tú tuviese la certeza de encontrar una cariñosa acogida al llegar a la portezuela, me parece que ningún Pantano de Desaliento bastaría para desanimarme.
-Bien -respondió Cristiana; -tú conoces tu llaga y yo la mía; no es este el único percance que tendremos antes de llegar al término de nuestro viaje. Los que nos hemos propuesto alcanzar tan excelente gloria, seremos hostilizados por los que nos aborrecen y envidian nuestra felicidad; créeme.
En este punto Sagacidad se despidió de mí, y yo seguí soñando. Vi a nuestros peregrinos acercarse a la puerta. Una vez en ella, empezaron a discutir la mejor manera de llamar, y lo que habían de decir al portero. Por fin quedaron en que Cristiana, siendo la mayor, llamase en nombre de los demás y expusiese sus deseos al portero. En seguida: comenzó a llamar, dando repetidos aldabazos, como había lecho su esposo. Pero por única contestación oyeron los aullidos de un gran perro, lo cual los llenó de espanto, y en aquel momento no se atrevieron a llamar de nuevo, por temor de que el mastín se lanzase sobre ellos. Estaban ya en gran manera perturbados de espíritu, no sabiendo qué hacer; no osaban llamar a causa del perro, y temían retroceder por temor de que el guardián de la puerta los viese y se enojara con ellos. Decidiéronse al fin a llamar de nuevo, lo que hicieron con más vehemencia que al principio.
-¿Quién va? -preguntó el portero -El perro, oyendo su voz, cesó de ladrar, y la puerta les fue abierta.
CRIST. (Inclinándose con ademán de reverencia.). No se enoje el Señor con sus siervas, por haber tenido la temeridad de llamar a su real puerta.
-¿De dónde venís? -preguntóles el portero. - ¿Qué se os ofrece?
CRIST - Llegamos del mismo lugar de que vino Cristiano y con el mismo objeto; esto es, que si os place, se nos dé entrada por esta puerta a la vía que conduce a la Ciudad Celestial. A la segunda pregunta, contesto a mi Señor que soy Cristiana, en otro tiempo esposa de Cristiano, el cual ha alcanzado ya la gloria.
Maravillado el portero exclamó:
-¡Cómo! ¿Es peregrina ahora aquella que hace poco aborrecía semejante vida?
-Sí, señor -dijo ésta, inclinando de nuevo la cabeza, .y también lo son estos mis hijos.
Entonces la tomó de la mano y admitióla, diciendo al propio tiempo:
-Dejad a los niños venir a mí; -y dicho esto, cerró la puerta. En seguida dio órdenes a un pregonero que había en la azotea, sobre el portal, para que celebrase su venida con aclamaciones de júbilo y sonido de trompetas. Al instante el mandato fue ejecutado, y los aires resonaron con sus notas melodiosas.
Entretanto, la pobre Misericordia estaba fuera, temblando y llorando, creyéndose rechazada. Pero Cristiana, habiendo ya logrado ser admitida juntamente con sus hijos, comenzó a interceder a favor de su amiga.
-Señor mío –dijo -todavía hay fuera de la puerta una compañera mía, que viene con el mismo intento que nosotros: está sumamente abatida de ánimo, porque viene, a su parecer, sin ser invitada, mientras que yo he sido llamada por el Señor de mi marido.
Misericordia, que principiaba ya a impacientarse, y a quien cada minuto le parecía una hora, impidió a Cristiana interceder más, llamando ella misma a la puerta. Tan fuertes golpes dio, que Cristiana se sobresaltó.
-¿Quién llama? -preguntó el portero.
-Es mi amiga -dijo la mujer.
Abriendo entonces la puerta, miró fuera, y vio que Misericordia había caído desmayada, temiendo no ser recibida.
Entonces, cogiéndola de la mano, le dijo:
-Muchacha, levántate.
-¡Ah, señor! Estoy muy desfallecida; apenas me queda un soplo de vida.
Pero el buen señor le respondió:
-Uno ha dicho: «Cuando mi alma desfallecía en mí, acordéme de Jehová, y mi oración entró hasta tu santo templo». No temas, sino ponte en pie y dime por qué vienes.
MISER - Vengo en busca de aquello a que no he sido llamada, como lo fue mi amiga.
Su invitación fue de parte del Rey; la mía no ha sido sino de parte de ella. Por eso temo.
PORTERO - ¿Te rogó ella que vinieses acá en su compañía?
MISER - Sí, me invitó, y como mi Señor puede ver, he aceptado. Si la gracia y el perdón pueden extenderse hasta mí, suplico que a esta vuestra humilde sierva le sea permitida participar de estas bendiciones.
Tomándola de nuevo por la mano, la introdujo cariñosamente por la puerta, diciendo:
-Intercedo en favor de todos los que creen en mí, cualquiera que sea la manera como acuden -Entonces dijo a los circunstantes: -Traed alguna hierba aromática y dádsela para que se reponga de su desmayo -Le trajeron un manojo de mirra y volvió pronto en sí.
De este modo fueron Cristiana, sus hijos y Misericordia, al principiar su camino de peregrinación, recibidos por el Señor, quien les habló con benignidad.
-Nos arrepentimos -añadieron -de nuestros pecados, y pedimos a nuestro Señor que nos otorgue el perdón, informándonos más particularmente de lo que conviene hacer.
-Concedo el perdón -respondió,-por palabra y por hecho: por palabra, en la promesa de la remisión de pecados; por hecho, en la manera como lo conseguí para vosotros.

Recibid ahora de mis labios un beso, y lo demás ya os será revelado.

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"Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos." (2 Timoteo 2:1; 4:3-4)

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