La Peregrina

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Viaje de Cristiana y sus hijos a la ciudad celestial
Capítulo I

El autor, en su segundo sueño, se encuentra con el anciano Sagacidad; principia éste su relato -Cristiana, después de la muerte de su esposo, se arrepiente, y recibe un mensaje divino que la llama a la vida de la peregrinación.

Agradable me fue, queridos lectores, relataros, hace algún tiempo, el sueño que tuve del peregrino Cristiano, y de su arriesgado viaje a la Ciudad Celestial, y no dudo que mi relato os habrá sido provechoso. En él os conté cuanto había presenciado, y os hice notar lo poco dispuestos que estaban la esposa é hijos de Cristiano para acompañarle, llegando a tal extremo su repugnancia, que se vio aquél obligado a emprender solo su viaje, antes que arrostrar el peligro que le amenazaba si permanecía más tiempo con ellos en la ciudad de Destrucción.
Desde entonces, mis numerosas ocupaciones impidiéronme pasar de nuevo por el pueblo nativo de nuestro peregrino, de modo que no pude informarme de lo que había lo de su familia; pero, obligándome recientemente mis negocios a ir por allí, dirigíme una vez más hacia el mismo pueblo, y al descansar en un bosque, que distaba poco de referida ciudad, tuve el siguiente sueño:
Vi que un anciano pasaba por donde estaba yo recostado, y puesto que llevábamos el mismo camino, levánteme le acompañé. Mientras caminábamos, entablamos conversación, según la costumbre que tienen los viajeros, versando nuestra plática sobre Cristiano y su viaje.
-Caballero, preguntele, ¿Qué pueblo es aquel que se encuentra allí abajo a la izquierda?
SAGACIDAD. (Así se llamaba)  -Aquélla es la ciudad de destrucción. Es muy populosa, pero los habitantes son sumamente perezosos y corrompidos.
-Ya me lo figuraba, -dije- una vez pasé por allí, y sé que le cuadra perfectamente el carácter que usted le da.
SAG. -Demasiado; ¡ojalá que, sin mentir, pudiese hablar mejor de aquella gente!
-Veo que usted es persona de sano criterio y amante de lo bueno. ¿Acaso ha oído usted hablar de lo que pasó, hace algún tiempo, en aquella ciudad a un tal Cristiano, le emprendió una peregrinación hacia las regiones celestiales?
SAG. -¡Oír hablar de él! Ya lo creo, y también de las molestias, penas, luchas y cautividades que sufrió en el transcurso de su viaje. Además, debo advertirle que su buena fama se ha divulgado por toda esta comarca. Pocas personas hay que, habiendo oído hablar de él y de sus hechos, no se hayan procurado el relato de su peregrinación, me consta que las noticias de su peligroso viaje han atraído a otros muchos al mismo camino; pues si bien, cuando estaba aquí, todos le tenían por loco, ahora, que se ha ido, todo el mundo habla bien de él. Dicen que allí donde está lo pasa muy bien; y, en efecto, muchos que no tienen el valor necesario para correr los mismos riesgos, ambicionan el bienestar por él alcanzado.
-No hay que dudar de su felicidad, pues ahora vive cerca de la Fuente de la Vida, y el trabajo y el dolor han pasado ya. Pero dígame usted, ¿qué dicen de él?
SAG. -Hablan de él de un modo extraño. Unos dicen que ahora viste blanco ropaje, con cadena de oro alrededor de su cuello, y ciñe su cabeza una diadema de oro engastada en perlas. Otros, que los Resplandecientes, que se le aparecieron a veces durante su viaje, son ahora sus compañeros, y que allí donde habita tiene tanta intimidad con ellos como la que aquí existe entre vecinos. Además, se da por cierto que el Rey de aquel país le ha proporcionado ya una residencia rica y amenísima en su corte; que todos los días come y bebe, anda y habla con él, y que el Juez de todos le prodiga sonrisas y favores. Por otra parte, algunos afirman que su Rey y Señor visitará en breve estas regiones, y sabrá el por qué sus vecinos lo tuvieron en poco y tanto lo escarnecieron al tomar la resolución de ser peregrino. Porque, según dicen, Cristiano es ahora tan amado de su Soberano, y éste se ocupa tanto de las afrentas de que fue objeto, que las considera como inferidas a sí mismo; y no es extraño, por cuanto el amor que a su Príncipe sentía fue el que le indujo a tan penoso viaje.
-Pues me alegro. El pobre descansa de sus trabajos, y ahora siega con regocijo lo que ha sembrado con lágrimas; ya está fuera del alcance de sus enemigos. Me alegra también de que el rumor de estos sucesos haya hallado en esta comarca. ¡Quién sabe si esto influirá en el bien de los que se han quedado! ¿Y qué se sabe de su esposa e hijos? Los compadezco de todas veras.
SAG. - ¡Cómo! ¿Cristiana y sus hijos? Éstos, según todas probabilidades, lograrán la misma suerte que él; pues bien en un principio obraron neciamente, y no se dejaron persuadir ni por las lágrimas ni por las súplicas de Cristiano, ulteriores reflexiones acerca de dicho asunto han dado maravillas en ellos; así es que, hechos los debidos preparativos, han emprendido la misma carrera. -¡Mejor que mejor! –dije- pero ¿está usted seguro de si hayan tomado todos tal determinación?
SAG.-Puede usted creerme; y por más señas, me encontraba precisamente en el pueblo cuando partieron, por lo que estoy al corriente de todo, y mientras caminamos le daré todos los incidentes de aquel suceso. Cristiana (tal es su nombre desde el día en que ella y sus hijos principiaron la vida de peregrinación), una vez: su marido hubo atravesado el río, y no pudo ya recibir noticias de él, se vio asaltada por lúgubres pensamientos, y en su dolor vertía abundantes lágrimas, pues con la ida de su marido vio roto el vínculo amoroso que los ataba; porque ¿cómo puede uno dejar de sentir verse separado de seres queridos? Pero no fue ésta la única causa de dolor. También comenzó Cristiana a preguntarse si su marido no le habría sido quitado en castigo de la conducta no decorosa que con él había observado. Entregada de lleno a un hervidero de pensamientos, le vinieron a la memoria las asperezas que habían caracterizado su conducta, mal que había correspondido al cariño de aquel que nunca dejó de ser fiel amigo. Abrumado ya su corazón por tan tristes recuerdos, su quebranto subió de punto al recordar las amargas lagrimas y los lamentos y gemidos de su inconsolable esposo, al obstinarse ella en no querer acompañarle. No podía olvidar las palabras y hechos de Cristiano mientras gemía bajo el peso de su carga, lo que, volviéndose contra su corazón, lo desgarraba por completo. Sobre todo, vibraba en sus oídos con lastimosos acentos aquel doloroso grito que solía lanzar: « ¿Qué es lo que debo hacer para ser salvo?»
No pudiendo reprimir más la angustia que la embargaba, lo participó a sus hijos, diciéndoles: -Hijos míos, estamos perdidos. A consecuencia de mi pecado, nos vemos separados de vuestro padre. Me suplicó que le acompañásemos, mas yo no quise ir, y con ello impedí el que alcanzaseis la vida eterna- Al oír esto, los muchachos se comenzaron a llorar, manifestando deseos de ir en pos de su padre.
-¡Ojalá -exclamó Cristiana- ¡Hubiésemos tenido la dicha de acompañarle! Mejor suerte hubiéramos tenido que la que ahora, al parecer, nos cabrá; pues, aunque antes locamente me figuraba que las congojas de vuestro padre procedían de un vano capricho o de una excesiva melancolía, ahora me consta que su origen era muy distinto; es decir, que se le había dado la Luz de las luces, con la ayuda de la cual escapó, según veo, de los lazos de la muerte.
-¡Ay de nosotros! -Exclamaron todos llorando amargamente.
La noche siguiente, Cristiana soñó ver abierto delante de si un ancho rollo de pergamino, en el que constaban todas sus acciones. El aspecto de esta lista le parecía sumamente sombrío, y aunque dormida, no pudo menos de lanzar un grito, diciendo: « ¡Señor, sé propicio a esta pecadora!», lo cual fue oído por sus hijos.
Después de esto, le parecía ver al lado de su cama dos seres de muy mal talante que decían: -¿Qué haremos de esta mujer, ya que dormida, lo mismo que despierta, pide misericordia? Si se le permite seguir de este modo, la perderemos como hemos perdido ya a su marido. De una manera ú otra, es preciso distraerla para que deje de pensar en la otra vida, pues de lo contrario, nada de este mundo podrá impedirla ser peregrina.
Presa de un gran horror, despertóse Cristiana, temblando y sudando con profusión; pero habiéndose quedado dormida de nuevo, sus sueños tomaron otra forma. Esta vez le pareció ver a su esposo en la gloria, rodeado de seres inmortales, teniendo en su mano un arpa, en la cual tañía delante de uno, sentado en un trono, con un arco iris sobre su cabeza.
Luego le vio inclinarse humildemente, volviendo su rostro hacia el escabel que había debajo de los pies del Rey, y diciendo: -Con todo mi corazón doy gracias a mi Señor y Rey por haberme traído a este lugar - Entonces los circunstantes alzaron la voz y tañeron en sus arpas; pero nadie podía comprender sus palabras sino sólo Cristiano y sus compañeros.
A la mañana siguiente, después de haber orado a Dios y hablado un rato con sus hijos, oyó Cristiana que llamaban fuertemente a la puerta.
Adelante -dijo- si viene usted en nombre de Dios.
-Amén -contestó el recién llegado; y abriendo la puerta, saludó con las palabras:
-La paz sea en esta casa.-Luego prosiguió diciendo: -¿Sabes, Cristiana, con qué objeto vengo?
El corazón de ésta ardía en deseos de saber de dónde y por qué venía; pero, cubriendo el rubor su rostro, mantúvose callada.
-Me llamo Secreto -dijo el visitante,- y habito con los que son de alta esfera. En aquel lugar corre el rumor de que anhelas dirigirte allí, y que te pesa el mal que hiciste a tu marido, endureciendo tu corazón para no acompañarle, y criando a estos tus hijos en la ignorancia. El Misericordioso me ha enviado a ti, Cristiana, para decirte que es un Dios pronto a perdonar y que se deleita en remitir ofensas. Además, te convida a entrar en su presencia y a sentarte a su mesa, donde te alimentará con las exquisitas viandas de su casa, y te dará la heredad de Jacob tu padre. Allí reside aquel que era tu esposo, junto con legiones de compañeros, todos espíritus redimidos, que siempre contemplan el rostro de su Dios, y se alegrarán todos al oír tus pisadas en el umbral de la casa de tu Padre.
Cristiana, bajando la cabeza, se sonrojaba, al paso que su visitante prosiguió diciendo:
-He aquí una carta que te traigo de parte del Rey.
De la carta, que estaba escrita en letras de oro, se desprendía un aroma delicioso. En su contenido manifestaba el Rey el deseo de que Cristiana siguiese el ejemplo de su marido, por cuanto ese era el único modo de que consiguiese llegar a su ciudad y morar en su presencia con sempiterno gozo. Dominada por sus emociones, la mujer exclamó:
-¿Y quiere usted llevarnos consigo A mí y a mis hijos, para que vayamos a adorar al Rey?
Contestóle el visitante: -Lo amargo ha de venir antes de lo dulce. Para llegar a ciudad Celestial tendrás que pasar por penas y dificultades, como lo hizo el que te ha precedido. Haz lo mismo que él: dirígete a esa portezuela que ves al otro extremo de la llanura: en ella principia el camino que has de seguir, Dios te acompañe. También te aconsejo que guardes cuidadosamente en tu seno esta carta: leedla, tú y tus hijos, hasta que la sepáis de memoria, por cuanto es uno de los cánticos que habéis de elevar durante todo el tiempo de vuestra peregrinación. También deberá entregarse a tu llegada a la puerta celestial. (Vi en mi sueño, que el anciano, al relatarme esta historia, parecía fuertemente conmovido; pero, recobrando la tranquilidad, reanudó su narración.)
Cristiana en seguida juntó a sus hijos, y les habló en los siguientes términos:
-Hijos míos, desde hace algún tiempo, como ya habéis notado, mi alma está sumamente afligida, a causa de la muerte de vuestro padre; no porque en lo más mínimo dude de su felicidad, pues estoy convencida de la dicha que disfruta; pero preocúpame en alto grado el estado miserable en que nos hallamos, y, más que todo, el recuerdo de mi comportamiento para con vuestro padre. Ni quise acompañarle, ni dejé que le acompañaseis. Ante la evidencia de mi culpa, siento cómo el remordimiento corroe mi corazón, y sin el sueño que anoche tuve y las halagüeñas esperanzas que esta mañana me dio este señor, tan amargos recuerdos concluirían con mi existencia. Vamos, hijos, arreglémonos y marchemos hacia la puerta que nos dará entrada al camino, para que veamos a vuestro padre y estemos con él y sus compañeros en paz, según las leyes del país celestial.

Viendo A su madre así dispuesta, los niños prorrumpieron en lágrimas de gozo. Llenado su encargo, el mensajero se despidió, y ellos desde luego comenzaron a hacer los preparativos para el viaje.

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"Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos." (2 Timoteo 2:1; 4:3-4)

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